A desuribizar las elecciones
Por Mario Morales
Quizás la frase más escuchada en estos días es que con el fallo de la Corte se salvó la democracia. Pero esa decisión será trascendental sólo si los procesos electorales de estos tres meses le dan su real dimensión. Preocupa que la mayoría de candidatos para legislativas y presidenciales, de manera facilista y oportunista, se limite a proponer continuidad de la política uribista. (Publica El Espectador)
Sin quererlo patrocinan la idea castrante de que era mejor reelegir al original, al riesgo de una mala copia. También refuerzan el imaginario totalitarista en que caímos: Que sólo es posible una única forma de resolver nuestros problemas.
Pero también pervienten el debate al extender el fantasma polarizante de Uribe hasta mayo y quizás otros cuatro años. Como si las opciones de construir país hubieran quedado congeladas en el tiempo.
A grandes rasgos seguimos como hace una década: sin resolver nuestros conflictos, sin encontrar la ruta en lo económico o lo social y, para colmo, aislados y malqueridos en el vecindario.
Esa idea de reelegir políticas sólo le apunta a fichar al cada día más disminuido electorado furibista cautivo, pero olvida el consenso que pide a gritos cambios sustanciales. Hay que superar el estadio del loro, el de frases repetidas como esa de que ya podemos viajar por carreteras, (así sea en tanques de guerra).
No. La teoría política no terminó en la retórica hueca de José Obdulio, ni la económica en los fuegos fatuos de Zuluaga, ni la resolución de conflictos en el espíritu de guerra total sin fin.
Hace falta imaginación y otras porpuestas. La idea de reconciliación debe ser el epicentro del sueño de país, y que no está circunscrita, ni más faltaba, a diálogo con armados ilegales, sino que parte de nuevos pactos sociales y morales, tan maltrechos en estos años de improvisaciones y chambonadas.
Es hora de que los candidatos se quiten la máscara de la conveniencia del marketing y que en vez de seguirlas como autómatas, marquen el rumbo de las encuestas.
Se abre la oportunidad de elegir gobernantes y estadistas, no ilusionistas, transformistas o muñecos de vetrílocuo si es que queremos entrar por fin al siglo XXI.
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